El juego de las mentiras

Resulta que una vez que estaban esperando a la maestra, Pifucio les dijo a sus compañeritos de aula:

– Hoy vamos a jugar a quien dice la mentira más grande.

– ¿Y cómo se juega? – preguntó Berberecho.

– Cuando la maestra hoy nos pida la tarea, le tenemos que decir que no la trajimos, inventando un motivo bien raro. Y el que dice la mentira más grande gana.

– Cómo se hace para decir una mentira grande? – preguntó Plomín.

– Hay que pensar en algo muy diferente a lo que pasa todos los días. Hay que imaginarse cosas locas, lugares raros, historias complicadas – dijo Pifucio.

– ¿Y no se enojará la maestra? – le preguntó otro chico.

– No, porque ella me dio permiso.

– Juguemos, juguemos. – dijeron todos.

Al rato llegó la maestra y pidió la tarea.

– Yo no la traje, señorita – explicó Berberecho. – Porque resulta que mi hermanito estaba buscando un papel para sonarse la nariz y usó una hoja de mi cuaderno. Después se quiso limpiar las manos, y usó otra hoja. Y después mi mamá estaba buscando donde anotar un número, y usó otra hoja. Y mi papá necesitaba un papel para envolver su pipa, y me sacó otra hoja. Y al final, me quedé sin hojas para hacer la tarea.

– Ajá. ¿ Y vos, Plomín? – dijo la maestra con cara extrañada.

– Yo tampoco, señorita, – dijo Plomín. – Ud. no me va a creer lo que pasó. Resulta que yo la había terminado, pero de la bañadera salió un monstruo marino enorme, peludo y horripilante, y me pidió que le alcance la sal. Entonces yo fui a buscar el salero y se lo dí. Entonces el monstruo me sacó la tarea con una mano larga y pinchuda, le puso sal, y se comió el salero.

– Y que hizo con la tarea ?

– La tiró por la ventana y nunca más la pudimos encontrar.

– Ajá – dijo la maestra. Que imaginativo- ¿Y vos, Martina?

– Ud. no se imagina lo que me pasó, señorita. Resulta que mi casa se incendió, y tuve que meterme en el fuego para rescatar mi cuaderno. Pero justo cuando un bombero apagaba las llamas que me estaban por quemar, por suerte vino una tremenda inundación que apagó el fuego. Pero el agua empezó a tapar todo, todo. Y yo trataba de mantener la tarea bien alta, para que no se moje, cuando justo vino un plato volador lleno de marcianos, y uno de ellos, que tenía un brazo larguísimo con montones de dedos, me sacó la tarea y se la llevó. Por eso, señorita, no la traje. Pero la hice, eh?

Los demás chicos contaron historias parecidas: de accidentes, monstruos, animales y fantasmas. Hasta que la maestra dijo:

– Me parecen muy interesantes sus historias. Pero ¿se puede saber porqué hoy se pusieron todos de acuerdo para contar mentiras? Acá está pasando algo raro.

Todos los chicos miraron para otro lado y se hicieron los distraídos.

– Cuando pasan cosas raras en esta sala en general la culpa la tiene uno que yo sé. A vos que te parece, Pifucio ?

Pifucio abrió grande los ojos y se rascó la cabeza: Yooo? – preguntó haciéndose el bobo.

– Muy bien, se acabó el juego. Decime Berberecho, ¿vos sabés qué está pasando? – preguntó la maestra.

– Sí, sé. Pifucio dijo que Ud. nos daba permiso para jugar a quien decía la mentira más grande.

– Pifucio, ¿porqué dijiste eso? – dijo la maestra. – Vos sabés que es una gran mentira.

– Sí, es mentira. Pero la dije porque ya estaba jugando a quien decía la mentira más grande.

– Con razón, ya me parecía. Bueno, por esta vez los perdono, porque inventaron unas historias muy divertidas. Pero que sea la última vez que le dicen mentiras a su maestra. ¿Entendieron?

– Siii. – dijeron todos.

Pero Pifucio levantó la mano y dijo:

– Le quiero preguntar una cosa más señorita.

– ¿Qué cosa? – dijo la maestra.

– ¿Podría decirnos que la mentira era más grande? Es para ver quien ganó el concurso…

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