Pifucio y el lío

RESULTA QUE Pifucio se había ensuciado el zapato con una gotita de leche. Entonces se limpió la gotita de leche con el pañuelo. Pero le quedó sucio el pañuelo, y se lo limpió con agua. Pero el agua le mojó tanto el pañuelo que lo tu vo que secar con la camisa. Pero la camisa le quedó húmeda, y la trató de secar con el pantalón.

El pantalón quedó arrugado, y entonces fue al placard para sacar otro.

Se trató de sacar el pantalón, pero se olvidó de sacarse los zapatos, y un pie lo pudo sacar, pero el segundo se le quedó trabado.

Trató de ganar tiempo poniéndose el pantalón nuevo en el pie libre, pero como aún no se había sacado el zapato, también se le quedó trabado. Fue caminando por la habitación, para avisarle a la mamá, y al caminar sobre los pantalones los pasó por todo el piso. Ahí se dio cuenta de que el piso estaba muy sucio, y se fue a la cocina a buscar el trapo de piso. Cuando llegó a la cocina, ya sus pantalones se habían llenado de tierra. Pero igual trató de sacar el trapo, que estaba adentro de un balde de agua. El trapo estaba mojado, y chorreó un poco en el piso. Pifucio lo quiso exprimir un poco, pero se resbaló en el piso mojado y se cayó sentado en el balde. Con lo cual se terminó de mojar el pantalón, y también el calzoncillo y la cola.

Justo en ese momento sonó el teléfono, y Pifucio trató de levantarse a tiempo para atenderlo. Pero no pudo, porque estaba atrapado sentado en el balde y no podía salir. Entonces se arrastró hasta la mesa del teléfono, siempre sentado en el balde y mojándose la cola, y se agarró del cable. Tiró y tiró del cable, hasta que el teléfono se cayó. Sobre la cabeza de Pifucio. Cuando se le pasó el efecto del golpe, atendió:

– Hola.

– Pifucio, soy yo, tu mamá. – dijo la mamá.

– Ah, ¿cómo te va?

– Bien. ¿Y vos?

– Yo estoy limpiando el lío que hice, porque se me cayó una gota de leche en el zapato.

– Bueno, no te hagas problema. Y sobre todo, no hagas lío. ¿Eh?

– No mamá.

– Secate con un pedazo de papel higiénico y listo.

– Estee…

– ¡Hasta luego! – dijo, y cortó.

Entonces Pifucio quizo volver a poner el teléfono arriba de la mesita, pero se dio cuenta de que estaba roto, porque se le cayó encima un pedazo de plástico.

– Primero me voy a sacar de encima este balde, – pensó, y después voy a arreglar el teléfono con el pegamento de gotita.

Se fue al baño, enganchó la manija del balde en una de las canillas de la ducha, y se agarró con las manos de la pileta del baño. Hizo un poco de fuerza y… ¡bumm!. Se pudo desprender del balde. Pero también se desprendió la pileta de la pared. Y se rompieron los caños y empezó a salir agua de la pared. Fría de un lado y caliente del otro.

Pifucio pensó un rato, y decidió que con el pegamento de gotita podía reparar las dos cosas: el teléfono y la pileta. Pero después de un rato sólo logró embadurnarse todo con pegamento, y pegarse las manos a la pileta y los dedos entre sí.

Entonces Pifucio se puso a esperar que viniera la mamá, porque otra cosa no podía hacer.

Cuando la mamá llegó y vio que estaba en el baño con la puerta cerrada, le preguntó:

– ¿Qué te pasa, Pifucio? ¿Ya terminaste de limpiarte la gotita de leche del zapato con un pedazo de papel higiénico?

Y él contestó:

– Todavía no…

– ¿No habrás hecho un lío?

– Pero no mamá – dijo Pifucio – No hice un lío.

– ¿Ni siquiera un lío chiquito?

– Yo no hice ningún lío chiquito. De ninguna manera. ¿Cuando hice yo un lío?. Faltaba más. Yo no hice un lío… ¡Hice un montón de líos! Y nada de chiquitos: ¡bien grandes!.

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